CUENTO

Cuestión de mariposas.

Vicenjamín

 

Aquella tarde en que Berenice llegó corriendo a casa de Ernesto el sol se sentía en la piel como brazas ardiendo, él  la esperaba tumbado junto a Antonio alrededor del espeso lodazal de agua con detergente que había quedado del chorro que lanzó la lavadora una vez concluido su ciclo de lavado, así sentían que el calor no era tanto, en eso estaban , en eso y mirando atónitos ver nacer aquella mariposa azul con sus alas fulgurando destellos verdes de luz...tanto tiempo habían esperado presenciar aquel acto celestial!!! Fueron meses y meses… pero cada vez que nacía una mariposa estas adoptaban una imagen decrépita y se sumergían en la batea anegada de lavazas y ropa sucia donde su madre las dejaba en remojo .

Siempre ocurría lo mismo, vez tras vez, la  mariposa salía de su capullo , capa por capa lo rompía , hasta asomar sus alas azules, volar unos segundos y sumergirse en la batea, como si para eso fue que esperó todos esos meses en su capullo.  Ernesto cada vez que esto sucedía murmuraba en voz baja, sumamente baja que todo era culpa de Berenice ya que siempre hacia falsas conjeturas de la mariposa, contando la repetida historia de Eugenia que por criar más de 1000 de estas mariposas en la cocina de su mamá se comieron todas sus provisiones  y formaron una conspiración en contra de ella dejándola encerrada en el frasco de la mermelada.

Ernesto creía que Berenice quería implantarles a ellos un cierto miedo en contra de la mariposa para luego quedarse con ella y formar una estirpe, y quien sabe con qué fines, estaba seguro de eso, pero su personalidad introvertida , sólo le permitía sacar a la luz sus pensamientos en tímidos murmullos, que sólo él podía oír, así se limitaba a mirar a Berenice con cierto recelo, quien jugueteaba con los pies en el barro mirando quien sabe qué cosa, como si nada le importara.

Pero como esta vez todo había salido bien; la mariposa voló alejándose de la batea y no acercándose a ella como había ocurrido veces anteriores; Ernesto no se preocupó de Berenice y pensó, según su criterio, cuál sería el mejor porvenir para aquella mariposa, entonces tomço en sus blancas manos la mariposa que retozaba con sus alas azules tornasoles, y en un gesto poco magnánimo acercó el lumbre que irradiaban sus manos a sus pequeños labios y se la comió.

En ese mismo instante se elevó y tambaleó por el patio hasta caer en la batea y quedar total y absolutamente sumergido, salpicando de lavaza todo el patio, y desparramando la ropa en remojo por todos lados

Berenice acomodó su cabello púrpura mientras miraba a Ernesto sumergirse en la batea para siempre.