Reminiscencias

Vicenjamín

      Gabriel  Suárez, caminaba casi contando sus pasos por la larga alameda difuminada de verdes y amarillos, se detenía algunos instantes a contemplar el cielo azul que jugueteaba entre las altas hojas de los árboles y olía el aire tibio y oloroso del verano. Había elegido como lugar de vacaciones a aquél, su viejo pueblo, que para su sorpresa continuaba casi intacto, después de casi 15 años de haberlo abandonado junto a su familia.

¡Oh, cuánto había añorado regresar a él!

    Quería ver a su escuela, y allí estaba, en nada había cambiado, su viejo portón de fierro, sus leñosos pinos, la pileta de piedra gris donde sació mil veces su sed después de la pichanga, las aulas de grandes y coloridas ventanas.  Sonrió dulcemente y mientras lo hacía, un pequeño remolino de viento estival envuelve su cuerpo y su mente y vuela por el tiempo hacia a aquel intangible pasado.

  Ahí está Gabriel Suárez, sentado al lado de la ventana, en el segundo asiento, ahí también está la traviesa de Juanita hablando incongruencias debajo de la mesa y más allá José Luis, el niño solitario, simpático y extraño para todos, por haber llegado al pueblo solo junto a su padre de origen extranjero y qué vivía en una casona cerca del río. También ve a Rosita con sus trenzas que llegaban casi al suelo, pequeña y delgadita, siempre borrando una y otra vez todo lo que escribía. Francisco, cómo no recordarlo,  vivía para comer, toda la hora movía sus mandíbulas, con el consentimiento “secreto” de la profesora, pues eran tal para cual. Y Emilia sentada enfrente suyo, recordó su mirada más bien triste y aquella sonrisa que de vez en cuando le regalaba.

   La carrera veloz de un negro caballo, interrumpió aquel ensimismamiento, lo contempló alejarse y volvió a sus añoranzas, aunque ya no tan verídicas como le parecieron las anteriores.

   Recordó que de niño escribía poemas, versitos simples… a su madre, a los animales, a la naturaleza… y a Emilia, aunque nunca se los dio a conocer. ¡Qué lejos de aquello estaba ahora! Finalmente se dedicó a los números, no había tiempo para soñar, le hicieron creer que una buena profesión y mucho dinero. ¡Era la felicidad!

   Estaba solo, a sus 30 años, había tenido algunas noviecillas, pero había mucho trabajo, no había tiempo para ello. Otro remolino lo lleva a cerrar los ojos, y ve a Emilia llegar a la sala con una hermosa y fina muñeca. __  ¡Qué linda! ¿ Dónde te la compraron?__ le comentan sus amigas.

__ Me la trajeron de Italia, mis abuelitos. ¿Quieren jugar con ella? Cuando se cansan de hacerlo, buscan otro juego y Emilia le pide a él que por favor se la lleve a su mesa. ___Es delicada, si se cae se quiebra, ten cuidado…

   Así fue, ante de llegar a su asiento, alguien corre, lo empuja y la muñeca cae destrozada en el suelo.

 …   Un hondo suspiro se exhala desde el fondo de su corazón. Se llevaron a Emilia a Italia, no podría educarse en una escuela con compañeros como él, Fue el último día que la vio.

    Esta vez el canto de un búho lo trae nuevamente a la realidad. En fin, ahora ya era un hombre, estaba de vacaciones y tenía que disfrutar de su amado pueblo,  de su tiempo y de su vida.

    Caminó con una mueca de alegría hacia la antigua plaza. ¡Qué linda era! Sus caminos polvorientos, sus pájaros fieles a las copas de sus árboles, el aroma suave de su naturaleza silvestre. Era lo que quería. Regresar, dejarlo todo. Eso es lo que haría ¡Ese era su lugar!

 

    Cada tarde que puede, camina hacia la plaza  y allí en medio de esos trinos, de esas hojas, de esas flores, de esa brisa, logra encontrar un poco la felicidad,

     …__¡ Cómo no voy a reconocer tu rostro Emilia! ¡Claro que sé quién eres! Ahí estaba y

ahí supe que ella también había regresado y que ese era nuestro lugar, lo supe en ese instante… y más aún, ahora que han pasado los años…